(Esta es la segunda y última parte
de un artículo que intenta describir el contexto social y global
en el que elaboramos bienes y servicios en el amanecer del Siglo XXI.
Trata en particular acerca del rol transformado del gerente en el proceso
de actualización organizacional, la cual surge como respuesta necesaria
a novedades tecnológicas y políticas que caracterizan la
época posmoderna.)
Los encuentros y enlaces entre empresas nacionales e internacionales,
su política y modus operandi aumentan. ¿Cómo
comprender, entonces, el rol del director, gerente y líder en este
contexto? ¿Cómo utilizar la diversidad del acercamiento
para fortalecer nuestras empresas? ¿Cómo aprovechar
de la rapidez y la facilidad de la comunicación interpersonal e
inter-organizacional? ¿Cómo promover verdaderas transformaciones
que engendren la innovación creativa, tan esencial para el nuevo
siglo? Es una época de interrogación curiosa y de grandes
novedades en la vida empresarial.
Paralelamente, sentimos que ya no estamos en control, sino que es
la tecnología la que nos manda. Parece que son nuestras capacidades
mentales las que tienen que conformarse con la tecnología, y no
al revés. De hecho, apenas empezamos a aprender a emplear
plenamente la tecnología de la época posmoderna actual.
Queremos las ventajas y maravillas ofrecidas a la vez que lamentamos la
pérdida. de una vida laboral más sencilla y familiar.
Nos sentimos inmersos en esta paradoja. Estamos ambivalentes y, encima,
solos en compañía de los robots.
La fuerte competencia en el mercado global provoca miedo de ser
dejados atrás por no poseer los requisitos para poder actuar eficazmente.
Cada quien, individuo y empresa, termina participando en su propia lucha
para avanzar y aprender, sin sentir mucho apoyo o solidaridad de parte
de la colectividad. Esta lucha solitaria genera fuerte estrés
organizacional.
Una sola persona o tecnología no permite un análisis
de los datos. Un solo gerente no puede formular las decisiones urgentes
tan eficazmente como se logra a través de un esfuerzo colectivo.
Aun en la cultura más tecnológica (por ejemplo, entre el
Sr. Gates y sus colegas), la colaboración libre y creativa sigue
siendo un requisito para el éxito organizacional y comercial.
Proviniendo principalmente del Sudeste Asiático y los Estados
Unidos de América, los avances tecnológicos representan una
amenaza para toda cultura que aprecia su identidad nacional. No siempre
estamos dispuestos a rechazar o cambiar radicalmente nuestra tradición,
por ejemplo, como mexicanos. La posibilidad de enfrentar modificaciones
fundamentales puede asustar e incluso detener pasos progresivos racionales.
A nadie le gusta perder lo que es querido a nivel psicológico y
personal. A veces justificadamente, tememos que la transformación
global -- en la cual estamos obligados a participar para sobrevivir como
empresas -- destruya lo que somos y aquello con lo que nos sentimos seguros.
Para aquellas compañías que afirman su identidad y
espíritu a base de su carácter nacional, la necesidad de
evolución provoca una resistencia por miedo a la pérdida
de su "sabor" nacional o regional. La posmodernidad se caracteriza
por la globalización, la cual a su vez conduce al cambio del carácter
y de los procedimientos de la empresa. Efectivamente, el éxito
empresarial no exige la negación o destrucción de la tradición.
Pero retener la tradición y a la vez abrazar el culto a la novedad
y al cambio es una meta ambiciosa.
¿Qué hacer entonces? Bosquejemos a continuación
lo esencial de una respuesta a este situación.
A veces el proceso transformativo es visible y paulatino; otras,
en cambio, es provocado repentina o forzosamente, como en el caso de Argelia,
Chiapas o Jerusalén. Este devenir puede manifestarse de manera
menos chocante, como por ejemplo en los sistemas informativos que siguen
en vigencia desde hace siglos. Desde que dibujamos animales en cuevas
en la prehistoria o inventamos la imprenta o la Internet, hemos reconocido
el valor de la información compartida con más o menos alcance
y rapidez. En los últimos años del Siglo XX, el cambio
parece haberse acelerado -- o quizás nuestra percepción del
tiempo se ha alterado.
Si la transformación global o epocal trata de tribalismo,
violencia y caos, o si es tranquila, sútil y ordenada, siempre involucra
a la gente y la afecta directamente. No nos referimos a la transformación
individual, la cual es el ámbito en el que se empeña la psicoterapia
y otras metodologías de conversión personal. Se trata
más bien de las transformaciones contínuas y a veces imperceptibles
de los roles y las relaciones de los integrantes al interior de un sistema
laboral.
La transformación y la innovación fortalecen la capacidad de la organización de funcionar adecuadamente respecto de su entorno social, político y económico. La transformación de estos macrosistemas produce la necesidad de transformaciones correspondientes en los sistemas organizacionales menos extensos (tales como la empresa). Estas, a su vez, influyen en el rol y la relación del individuo con todos estos sistemas.
Estas relaciones y los roles asociados precondicionan y al mismo
tiempo son resultados de cualquier transformación sistémica.
La transformación de roles normalmente surge de necesidades, creencias,
intuiciones o sentimientos. Discutimos y evaluamos estos elementos
antes de tomar nuestras decisiones estratégicas. Al mismo
tiempo, estas decisiones causan en los demás participantes del sistema
ciertas reflexiones, percepciones psicológicas o pensamientos valiosos,
los cuales no siempre están a nuestro alcance para comprenderlos.
Las transformaciones siempre despiertan reacciones en los individuos,
desde el rechazo hasta el alivio. A nivel personal, la adaptación
organizacional provoca sentimientos y sensaciones que pueden ser primitivos
o sofisticados. Estamos menos dispuestos a tomar en cuenta estos
fenómenos personales. No tenemos el hábito de verbalizarlos
o emplearlos directa y abiertamente como recursos que nos faciliten la
comprensión y gerenciamiento de nuestras instituciones.
En momentos de crisis, cuando el bienestar organizacional está
en la encrucijada, es sumamente necesario indagar la vida sentimental de
la colectividad social que trabaja en la empresa. Explorar estos
elementos fundamentales, siempre con referencia al trabajo y su entorno,
provee una útil perspectiva crítica para la supervivencia
de la empresa. Por ejemplo, el análisis de los motivos de
una huelga a menudo revela la acumulación de pequeñas transformaciones
mal aceptadas y poco comprendidas por el management de la empresa afectada.
Como gerentes deberíamos aprender a tomar en cuenta estos
fenómenos psicológicos sentimentales. Representan recursos
subutilizados y sirven para ampliar nuestra comprensión de roles,
tareas y relaciones laborales. Los factores internos a la persona
se relacionan inextricablemente a las condiciones en su entorno organizacional.
Por lo tanto, funcionan como información clarificadora acerca de
la "vida" actual de la organización e iluminan pasos idóneos
para su salud y avance. Si el reto es comprender la organización
como una totalidad, para poderla ayudar a responder a las condiciones vigentes,
esta información personal nos hace falta.
A través de los esfuerzos de sus gerentes/líderes,
la empresa tiene que respetar y alentar a todos sus empleados y fomentar
la utilización abierta de la totalidad de sus capacidades humanas,
tanto físicas como afectivas. Así, la información
que analicemos será más genuina y completa.
Porque es a veces sorprendente desenmascarar las bases irracionales
de nuestro comportamiento individual y colectivo, no estamos acostumbrados
a unir los elementos sentimentales -- estimulados por la participación
laboral al interior de una empresa -- al concepto y cumplimiento del trabajo
del gerente. Sin embargo, un mercado cada día más global
y diversificado, en el cual abunda la información del exterior,
exige de contrapartida algunos vínculos con la riqueza y complejidad
de la participación únicamente humana (es decir, social)
para poder mantener un balance racional entre lo tecnológico y lo
social y así establecer transformaciones sistémicas funcionales.
Tal inclusividad asegura que las nuevas funciones y respuestas estén
en relación directa e integral con el trabajo, la empresa y el equipo
de seres humanos que la componen. De esta forma, transformamos el
sistema por descubrir mejores maneras, tanto humanas como tecnológicas,
de participar en la actualidad empresarial y de relacionarnos con el mercado
nacional e internacional.
Hay que reconocer que la mutabilidad del entorno es constante.
En la época posmoderna, el cambio, siempre inevitable, es más
evidente y rápido porque el contexto temporal y espacial dentro
del cual vivimos y analizamos nuestras instituciones y nuestra experiencia
del mundo se ha modificado profundamente.
Tenemos que aprender a distinguir entre las transformaciones necesarias
y creativas por una parte, y aquéllas innecesarias y sin valor duradero.
Si rutinizamos "el desarrollo," lo vaciamos de significado o sentido humano.
El proceso transformativo contrarresta este vacío por incorporar
la retroalimentación y la participación afectiva colectiva.
Por ejemplo, esta función de la transformación se ve
claramente en nuevas versiones de Windows, en las cuales el deseo organizacional
de ganancias (de parte de Microsoft) y los avances tecnológicos
(de parte de muchas empresas más pequeñas) tienen que responder
a las necesidades y la capacidad para aprender de sus usuarios. El
resultado de esta hibridización de recursos y capacidades) es un
mejoramiento de la versión anterior.
Un riesgo característico del posmodernismo es el de repetir
estérilmente, crear por crear, renovar por renovar. La transformación
nos permite evitar una mera repetición o reproducción de
experiencias organizacionales previas. El cambio por gusto o porque
contamos con los recursos indispensables no requiere del trabajo duro que
es la reflexión, ni del ejercicio siempre arriesgado de la autoridad
y el liderazgo.
La senda o el pasaje que cualquier ejercicio de autoridad y liderazgo
encamina, permite el progreso de una forma, estado o formación a
otra forma, estado o realidad. El verdadero liderazgo es el que
encamina el progreso de un estado a otro superior. Esto es también
la esencia de la transformación, que es el paso preliminar a la
verdadera innovación, que actualiza y asegura la organizacion.
En resumen, estas condiciones o recursos
probablemente favorecen la transformación organizacional:
2. Conciencia de la necesidad y utilidad de adaptación constante respecto del entorno externo a la empresa y también de su interior.
3. Un ambiente laboral abierto a los elementos de la experiencia humana que aporten creatividad al poder de la transformación; muchos de ellos son de naturaleza irracional.
4. Tiempo para pensar: El dominio de las categorías espaciales sobre las temporales caracteriza el modernismo; en la época posmoderna, el tiempo se siente como el recurso más escaso. Hay que administrarlo con sabiduría.
5. Un espacio para pensar y reflexionar, simbolizado por la empresa entera que sanciona el pensamiento y sirve de contenedor abstracto dentro del cual la reflexión individual y colectiva se puede llevar a cabo legítimamente.
6. Deberíamos respaldar
los sueños, un fenómeno humano totalmente irracional, pero
que juega un papel determinante en la eficiencia de la producción
y administración. No queremos que los sueños se recluyan
al corral de lo privado; hay que compartirlos en el foro público
para que nuestras organizaciones estén a la altura de la imaginación
humana -- y no que sea al revés.
Este artículo fué publicado
en Management Today en español,
24 (6), mayo de 1998,
págs. 42-46.
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