Mexican Institute of Group and Organizational Relations

El Proceso Grupal

Enrique Pichón Riviere  (De El Proceso Grupal, 1971)

Prólogo
                                                Connaissance de la mort.
                                                            Je te salue
                                                  mon cher petit et vieux
                                                    cimetiere de ma ville
                                                      où j'appris à jouer
                                                         avec les morts
                                                    C'est ici où j'ai voulu
                                                  me reveler le secret de
                                                   notre courte existence
                                                  à travers les ouvertures
                                            d'anciens cercueils solitaires.

                                                      E. Pichon-Riviere

 El sentido de este prólogo es el de esclarecer algunos aspectos de mi
 esquema referencial indagando su origen y su historia, en busca de la
 coherencia interior de una tarea que muestra en estos escritos, de temática y
 enfoques heterogéneos, sus distintos momentos de elaboración teórica.

 Como crónica del itinerario de un pensamiento, será necesariamente
 autobiográfico, en la medida en que el esquema de referencia de un autor no se
 estructura sólo como una organización conceptual, sino que se sustenta en un
 fundamento motivacional, de experiencias vividas. A través de ellas, construirá
 el investigador su mundo interno, habitado por personas, lugares y vínculos, los
 que articulándose con un tiempo propio, en un proceso creador, configurarán la
 estrategia del descubrimiento.

 Podría decir que mi vocación por las Ciencias del Hombre surge de la tentativa
 de resolver la oscuridad del conflicto entre dos culturas. A raíz de la emigración
 de mis padres desde Ginebra hasta el Chaco, fui desde los cuatro años testigo
 y protagonista, a la vez, de la inserción de un grupo minoritario europeo en un
 estilo de vida primitivo. Se dio así en mí la incorporación, por cierto que no del
 todo discriminada, de dos modelos culturales casi opuestos. Mi interés por la
 observación de la realidad fue inicialmente de características precientíficas y,
 mas exactamente, míticas y mágicas, adquiriendo una metodología científica a
 través de la tarea psiquiátrica.

 El descubrimiento de la continuidad entre sueño y vigilia, presente en los mitos
 que acompañaron mi infancia y en los poemas que atestiguan mis primeros
 esfuerzos creativos, bajo la doble y fundamental influencia de Lautréamont y
 Rimbaud, favoreció en mí, desde la adolescencia, la vocación por lo siniestro.

 La sorpresa y la metamorfosis, como elementos de lo siniestro, el pensamiento
 mágico, estructurado como identificación proyectiva, configuran una
 interpretación de la realidad característica de las poblaciones rurales influidas
 por la cultura guaraní, en las que viví hasta los 18 años. Allí toda aproximación a
 una concepción del mundo es de carácter mágico y está regida por la culpa.
 Las nociones de muerte, duelo y locura forman el contexto general de la
 mitología guaraní.

 La internalización de estas estructuras primitivas oriento mi interés hacia la
 desocultación de lo implícito, en la certeza de que tras todo pensamiento que
 sigue las leyes de la lógica formal, subyace un contenido que, a través de
 distintos procesos de simbolización, incluye siempre una relación con la muerte
 en una situación triangular.

 Ubicado en un contexto en el que las relaciones causales eran encubiertas por
 la idea de la arbitrariedad del destino, mi vocación analítica surge como
 necesidad de esclarecimiento de los misterios familiares y de indagación de
 los motivos que regían la conducta de los grupos inmediato y mediato. Los
 misterios no esclarecidos en el plano de lo inmediato (lo que Freud llama "la
 novela familiar") y la explicación mágica de las relaciones entre el hombre y la
 naturaleza determinaron en mí la curiosidad, punto de partida de mi vocación
 por las Ciencias del Hombre.

 El interés por la observación de los personajes prototipicos, que en las
 pequeñas poblaciones adquieren una significatividad particular, estaba
 orientado -aún no conscientemente- hacia el descubrimiento de los modelos
 simbólicos, por los que se hace manifiesto el interjuego de roles que configura
 la vida de un grupo social en su ámbito ecológico.

 Algo de lo mágico y lo mítico desaparecía entonces frente a la desocultación de
 ese orden subyacente pero explorable: el de la interrelación dialéctica entre el
 hombre y su medio.

 Mi contacto con el pensamiento psicoanalítico fue previo al ingreso a la
 Facultad de Medicina y surgió como el hallazgo de una clave que permitiría
 decodificar aquello que resultaba incomprensible en el lenguaje y en los niveles
 de pensamiento habituales.

 Al entrar en la Universidad, orientado por una vocación destinada a
 instrumentarme en la lucha contra la muerte, el enfrentamiento precoz con el
 cadáver -que es paradójicamente el primer contacto del aprendiz de médico
 con su objeto de estudio- significó una crisis. Allí se reforzó mi decisión de
 trabajar en el campo de la locura, que aún siendo una forma de muerte, puede
 resultar reversible. Las primeras aproximaciones a la psiquiatría clínica me
 abrieron el camino hacia un enfoque dinámico, el que me llevaría
 progresivamente, y a partir de la observación de los aspectos fenoménicos de
 la conducta desviada, al descubrimiento de elementos genéticos, evolutivos y
 estructurales que enriquecieron mi comprensión de la conducta como una
 totalidad en evolución dialéctica.

 La observación, dentro del material aportado por los pacientes, de dos
 categorías de fenómenos netamente diferenciables para el operador: lo que se
 manifiesta explícitamente y lo que subyace como elemento latente, permitió
 incorporar en forma definitiva a mi esquema de referencia la problemática de
 una nueva psicología que desde un primer momento tendería hacia el
 pensamiento psicoanalítico.

 El contacto con los pacientes, el intento de establecer con ellos un vínculo
 terapéutico confirmó lo que de alguna manera había intuido; que tras toda
 conducta "desviada" subyace una situación de conflicto, siendo la enfermedad
 la expresión de un fallido intento de adaptación al medio. En síntesis, que la
 enfermedad era un proceso comprensible.

 Desde los primeros años de estudiante trabajé en clínicas privadas,
 adquiriendo experiencia en el campo de la tarea psiquiátrica, en la relación y
 convivencia con internados. Ese contacto permanente con todo tipo de
 pacientes y sus familiares me permitió conocer en su contexto el proceso de la
 enfermedad, particularmente los aspectos referentes a los mecanismos de
 segregación.

 Tomando como punto de partida los datos que sobre estructura y
 características de la conducta desviada me proporcionaba el tratamiento de los
 enfermos, y orientado por el estudio de las obras de Freud, comencé mi
 formación psicoanalítica. Esta culminó, años más tarde, en mi análisis
 didáctico, realizado con el Dr. Garma.

 Por la lectura del trabajo de Freud sobre "La Gradiva" de Jensen tuve la
 vivencia de haber encontrado el camino que me permitiría lograr una síntesis,
 bajo el común denominador de los sueños y el pensamiento mágico, entre el
 arte y la psiquiatría.

 En el tratamiento de pacientes psicóticos, realizado según la técnica analítica y
 por la indagación de sus procesos transferenciales, se hizo evidente para mí la
 existencia de objetos internos, múltiples "imago", que se articulan en un mundo
 construido según un progresivo proceso de internalización. Ese mundo interno
 se configura como un escenario en el que es posible reconocer el hecho
 dinámico de la internalización de objetos y relaciones. En este escenario
 interior se intenta reconstruir la realidad exterior, pero los objetos y los vínculos
 aparecen con modalidades diferentes por el fantaseado pasaje desde el
 "afuera" hacia el ámbito intrasubjetivo, el "adentro". Es un proceso comparable
 al de la representación teatral, en el que no se trata de una siempre idéntica
 representación del texto, sino que cada actor recrea, con una modalidad
 particular, la obra y el personaje. El tiempo y el espacio se incluyen como
 dimensiones en la fantasía inconsciente, crónica interna de la realidad.

 La indagación analítica de ese mundo interno me llevó a ampliar el concepto de
 "relación de objeto", formulando la noción de vínculo, al que defino como una
 estructura compleja, que incluye un sujeto, un objeto, su mútua interrelación con
 procesos de comunicación y aprendizaje.

 Estas relaciones intersubjetivas son direccionales y se establecen sobre la
 base de necesidades, fundamento motivacional del vínculo. Dichas
 necesidades tienen un matiz e intensidad particulares, en los que ya interviene
 la fantasía inconsciente. Todo vínculo, así entendido, implica la existencia de un
 emisor, un receptor, una codificación y decodificación del mensaje. Por este
 proceso comunicacional se hace manifiesto el sentido de la inclusión del objeto
 en el vínculo, el compromiso del objeto en una relación no lineal sino dialéctica
 con el sujeto. Por eso insistimos que en toda estructura vincular -y con el
 término estructura ya indicamos la interdependencia de los elementos- el sujeto
 y el objeto interactúan realimentándose mutuamente. En este interactuar se da
 la internalización de esa estructura relacional, que adquiere una dimensión
 intrasubjetiva. El pasaje o internalización tendrá características determinadas
 por el sentimiento de gratificación o frustración que acompaña a la
 configuración inicial del vínculo, el que será entonces un vínculo "bueno" o un
 vínculo "malo".

 Las relaciones intrasubjetivas, o estructuras vinculares internalizadas,
 articuladas en un mundo interno, condicionarán las características del
 aprendizaje de la realidad. Este aprendizaje será facilitado u obstaculizado
 según que la confrontación entre el ámbito de lo intersubjetivo y el ámbito de lo
 intrasubjetivo resulte dialéctica o dilemática. Es decir, que el proceso de
 interacción funcione como un circuito abierto, de trayectoria en espiral, o como
 un circuito cerrado, viciado por la estereotipia.

 El mundo interno se define como un sistema, en el que interactúan relaciones y
 objetos, en una mútua realimentación. En síntesis, la interrelación intrasistémica
 es permanente, a la vez que se mantiene la interacción con el medio. A partir de
 las cualidades de la interacción externa e interna, formularemos los criterios de
 salud y enfermedad.

 Esta concepción del mundo interno, y la sustitución de la noción de instinto por
 la estructura vincular, entendiendo al vínculo como un protoaprendizaje, como el
 vehículo de las primeras experiencias sociales, constitutivas del sujeto como tal,
 con una negación del narcisismo primario, conducían necesariamente a la
 definición de la psicología, en un sentido estricto, como psicología social.

 Si bien estos planteos surgieron en una praxis y están sugeridos, en parte, en
 algunos trabajos de Freud (Psicología de las masa y análisis del yo), su
 formulación implicaba romper con el pensamiento psicoanalítico ortodoxo, al
 que adherí durante los primeros años de mi tarea, y a cuya difusión había
 contribuido con mi esfuerzo constante. Pienso que esa ruptura significó un
 verdadero "obstáculo epistemológico, una crisis profunda, cuya superación me
 llevó muchos años, y que quizás se logre recién hoy, con la publicación de estos
 escritos.

 Esta hipótesis parecería confirmada por el hecho de que, a partir de la toma de
 conciencia de las significativas modificaciones de mi marco referencial, me
 volqué más intensamente a la enseñanza, interrumpiendo el ritmo anterior de mi
 producción escrita. Sólo en 1962, en el trabajo sobre "Empleo del Trofanil en el
 tratamiento del grupo familiar", en 1965 con "Grupo operativo y teoría de la
 enfermedad única" y en 1967 con "Introducción a una nueva problemática para
 la psiquiatría", logro una formulación más totalizadora de mi esquema
 conceptual, si bien algunos aspectos fundamentales se relacionan entre sí, y
 muy escuetamente, recién en "Propuestas y metodología para una escuela de
 psicólogos sociales" y "Grupo operativo y modelo dramático", presentados
 respectivamente en Londres y Buenos Aires, Congreso Internacional de
 Psiquiatría Social y Congreso Internacional de Psicodrama, en el año 1969.

 La trayectoria de mi carrera, que puede describirse como la indagación de la
 estructura y sentido de la conducta, en la que surgió el descubrimiento de su
 índole social, se configura como una praxis que se expresa en un esquema
 conceptual, referencial y operativo.

 La síntesis actual de esa indagación puede señalarse por la postulación de una
 epistemología convergente, según la cual las ciencias del hombre conciernen a
 un objeto único: "el hombre - en - situación" susceptible de un abordaje
 pluridimensional. Se trata de una interciencia, con una metodología
 interdisciplinaria, la que funcionando como unidad operacional permite un
 enriquecimiento de la comprensión del objeto de conocimiento y una mútua
 realimentación de las técnicas de aproximación al mismo.