Introducción a la concepción operativa de grupo
Leonardo Montecchi
Traducción de Horacio Sheenan
Hagámonos ahora la siguiente pregunta: ¿qué cosa
es un grupo?. Ya sabemos, desde la sociología, desde la
psicología social y desde el psicoanálisis, que el grupo
no es la simple suma de los individuos que lo componen.
El grupo es un entero, un conjunto, un contenedor y, si se quiere, un concepto.
Pero, al mismo tiempo, el grupo es también un hecho, un evento,
un fenómeno, una experiencia. Armando Bauleo ha
descripto bien esta duplicidad del grupo como concepto, como representación;
y como hecho, es decir, como objeto
de experiencia.
Efectivamente, podemos hablar de grupo como facultad lógica de
agrupar, o sea de representar el mundo de los
fenómenos según clases y categorías; y de grupo
como percepción, un "percibido" que constituye la base sensorial
de la representación.
En este sentido, podemos hablar del grupo concreto, que es el fenómeno
en el cual somos; y el grupo abstracto, que
es la representación mental o concepto del fenómeno.
En suma, si observamos un grupo como un entero, un conjunto, un sistema,
etc., etc., no podemos no ser, al mismo
tiempo, parte de ése entero, subconjunto de aquel conjunto,
subsistema de ése sistema.
Pero entonces, para permanecer perteneciendo sólo al entero y
a la parte, ¿cómo es posible que la parte pueda
contener al entero?
Es decir, ¿Cómo puede un observador, que es parte de un
grupo, observar, o sea contener, a todo el grupo que lo
contiene a él también?
O es un entero, o es una parte: tertium non datum. Si se es parte no
se puede ser entero; de lo contrario se viola el
principio de identidad y de no contradicción.
Entonces parecería imposible para un individuo ser parte de un
grupo y hacerse la representación mediante una
observación.
¿Una contradicción insuperable; una paradoja?
Veamos mejor esta paradoja del grupo y del individuo: es evidente que
para tener una representación del grupo (una
idea) es necesario tener la experiencia (la percepción); de
lo contrario habría que admitir que existe un a priori, un
esquema grupal de la mente que no necesita de experiencia alguna.
¿Una idea innata?
Pero la experiencia del grupo es, lo dijimos, una percepción
y podemos agregar: también una emoción; es decir, el
ser/estar en un grupo produce una serie de sensaciones perceptivas
pero también emotivas y todo esto va a
constituir el registro del grupo, su primitiva representación.
Pero, nuevamente, ¿cómo puede la percepción individual, y por consiguiente parcial, representarse la totalidad?
¿Cómo es posible que se forme en la mente el concepto
de grupo sino como el resultado de una percepción
sensorial (observación) de un grupo concreto del cual se es
parte? Y si así fuese, entonces, el concepto de entero o
totalidad procedería de la parte, de la parcialidad.
Pero la parte es parte, justamente, porque no contiene al entero. Esta
es la paradoja, o la contradicción que cada uno
de nosotros sostiene cuando piensa en el grupo y, en primer lugar,
en el propio grupo familiar: yo, aún siendo parte,
puedo representarme la totalidad.
Pero la representación, se dijo, es consecuencia de un primitivo
registro y esta es una huella impresa en la memoria.
Esta huella es el residuo de la sensación y emoción que
el ser-en el grupo ha dejado.
Este rastro está contenido en mi individualidad porque yo soy
su soporte biológico. Soy, por así decir, la arcilla sobre
la cual se imprime la huella; soy el contenedor de un contenido que
me contiene como parte.
Soy, hablando como Pierce, el signo que reconduce a un objeto (el grupo)
y que reclama una función interpretante,
Soy una escritura, diría Derrida, antes de ser palabra.
¿Cómo, entonces, puedo contener una escritura que trasciende mi individualidad?
La única posibilidad es que la multiplicidad esté contenida
en la individualidad; es decir, que la multiplicidad sea el
esquema a priori de la mente de la cual hemos hablado.
Ello nos lleva a la conclusión de que yo soy muchos y es por
esto que puedo representarme un grupo, a pesar de ser
una parte de él.
Podemos comprender la paradoja grupal gracias al teorema del "subconjunto de la lógica fuzzy".(trad. aproximada)
El teorema propuesto por Bart Kosco sostiene que la parte contiene la totalidad en cierta medida.
Este teorema nos permite afirmar que puede existir una medida de la
capacidad de la parte de representarse al
entero.
Así podemos comprender que la matriz o esquema grupal está
contenido en el individuo, y es éste esquema el que
se activa cuando el individuo es parte de un grupo. Aquí hablamos
naturalmente de individualidad biológica.
La mente individual parecería estar contenida en la mente grupal,
por esto podemos hablar de dimensión grupal así
como hablamos de dimensión individual.
La dimensión grupal convoca la múltiplicidad, la serie, el conjunto infinito: las personas en un aeropuerto internacional.
Estas personas van y vienen, se detienen, cada uno de nosotros puede
ser parte de este todo: quienquiera que sea, y
de cualquier manera.
Una serie. Esperan en un espacio cualquiera, carente de connotaciones,
a excepción de la espera misma. Para
combatir el hastío, la mirada se posa sobre los particulares,
sobre confines indefinidos, ilimitados. El fondo es como
de un único color: el mar cuando se confunde con el cielo.
Cualquier fondo desde el que emergen gestos, expresiones de los rostros,
torsiones de los cuerpos y un griterío
homogéneo, casi un zumbido, un parlotear en el cual nos encontramos
inmersos. La dimensión grupal. A veces un
rostro nos hace rememorar a otro, una sonrisa a otra sonrisa, un tono
de la voz a otro, una frase es leída
casualmente, un gesto evoca un recuerdo que nos trae una imagen que
estimula una fantasía en la que aparecen
personajes pasados, presentes y futuros, encuentros posibles.
Nos encontramos absortos en pensamientos y emociones fluctuantes, estimulados
por la situación en que nos
encontramos, en la que otros se encuentran, en la que se encuentra
quienquiera atraviese un espacio cualquiera.
Aquel "agrupamiento cualquiera", aquella serie nos provoca una sensación,
una emoción que activa el esquema
grupal de la mente. La difusión y atenuación de la identidad
da cuenta del ingreso en la dimensión grupal.
Este proceso es el inverso que conduce a la singularidad: fuerzas que
empujan a la determinación de
espacio-tiempo, a la discriminación de roles, se atenuan, y
prevalecen las fuerzas de la pluralidad y de la
indiscriminación.
Del espacio indeterminado ya hemos dado cuenta; pero tampoco el tiempo
está definido; puede ser poco, puede ser
mucho. El tiempo no es dado, el espacio no es dado, el mismo rol es
indefinido: cualquiera puede ser cualquiera.
Hasta la misma tarea, el objetivo, el porqué se está allí
es incierto, indefinido. Se espera que llegue nuestro tiempo
cuando una voz determinará el precipitar desde la dimensión
grupal en la singularidad individual. Pero entonces,
como dice A. Bauleo, el individuo sale del grupo.
Hasta entonces está activa la dimensión grupal de la mente, aunque la conciencia de ser grupo sea apenas percibida.
La multiplicidad es vivida, pero no tiene conciencia de sí misma.
En esta dimensión grupal, ¿se puede aprender?
¿Puede la multiplicidad ser consciente de sí?
Se puede aprender a entrar en la dimensiòn grupal y en esta dimensión
es posible un aprendizaje que será, entonces,
un aprendizaje de grupo.
Está claro que el aprendizaje de grupo produce una conciencia múltiple.
Para que este proceso pueda ocurrir es necesario aprender que existe
una modalidad para introducirse en la
dimensión grupal.
La sala de espera, la fila del ómnibus de la que habla Sartre,
son situaciones grupales en las cuales la conciencia de
ser grupo se encuentra a un nivel mínimo; existe casi exclusivamente
la percepción y la emoción.
El aprendizaje del grupo es inicialmente el aprendizaje de un marco
que puede delimitar, no ya a un tiempo
indeterminado y un espacio cualquiera sino a un tiempo dado y a un
espacio dado.
El rol mismo no será ya indiscriminado; no existe más
un "quienquiera", que podría ser cualquiera, sino un
coordinador, integrantes, eventualmente un observador.
Se instaura una asimetría.
Pero el elemento fundante, el catalizador del aprendizaje del grupo
es la tarea; cada grupo se organiza alrededor de
una tarea, una finalidad. Aún en el grupo indiscriminado encontramos
una tarea común: la espera.
La importancia otorgada a este elemento es lo que caracteriza la concepción operativa de grupo.
Estos elementos: espacio, tiempo, rol, tarea o tareas constituyen el
marco que nos permite recortar el ingreso en la
dimensión grupal.
Este marco delimita un campo en el que se producen eventos que pertenecen al proceso del grupo.
El aprendizaje genera una mutua representación interna según
la definición de Pichòn Rivière; esta representación
es
el esquema grupal y es directamente un esquema operativo, es decir,
una modalidad con la que el grupo afronta la
tarea. Se trata de reconocimientos recíprocos de miradas, de
redes constituidas por la adjudicación y asunción de
roles.
En definitiva, de una trama de vínculos que se organizan alrededor de la tarea del grupo.
La valencia de los integrantes permite la estructuración de los
vínculos según una forma molecular. La estructura
dinámica del grupo es la resultante de estas valencias, es la
forma que asume el esquema conceptual referencial
operativo.
Esta forma es abierta y dinámica y sufre continuas modificaciones;
aunque, sin embargo, posee una estabilidad
estructural propia. Esta forma es el producto del aprendizaje en el
grupo y del grupo.
El concepto de valencia ha sido introducido por W. Bion y nos permite
observar las capacidades de organización de
los vínculos: baja valencia, alta valencia, etc., caracterizan
a grupos distintos y a diversas situaciones grupales.
A medida que procede el trabajo del grupo, se consolida la mutua representación
interna, y también el aprendizaje
procede según una modalidad de deconstrucción de los
objetos: el grupo se apropia, devora los materiales que
quiere conocer, se alimenta de la información que es introducida.
Pero junto a este momento deconstructivo existe otro momento productivo
en el cual el grupo reconstruye los objetos
siguiendo una lógica propia que es fruto del aprendizaje.
En esta fase el objeto, precedentemente destruido y desmembrado, es
nuevamente construido; pero es otro objeto
en el que se pueden reconocer los componentes del viejo que son ahora
utilizados como materiales para una nueva
realidad que es la realidad producida por el grupo en su proceso de
aprendizaje.
Existen obstáculos que el grupo afronta en este camino que no
resulta dado de una vez y para siempre, que no es un
camino lineal sino un continuo ir y venir en el que la alimentación
y la producción no son secuenciales sino paralelos.
Los objetos son deconstruidos y construidos incesantemente.
Puede ser que una función de coordinación evidencie los
obstáculos como afectivos o cognitivos; los obstáculos
epistemológicos de los que habla G. Bachelard son resueltos
en la concepción operativa de grupo por la adopción de
una epistemología convergente, así la ha definido Pichòn
Rivière. Es decir, se trata de un método que convierte en
operativas a las demás disciplinas en el afrontar la convergencia
sobre una tarea común. Método brillante para
construir los equipos multidisciplinarios que trabajan sobre nuevos
casos, sobre nuevos objetos de conocimiento.
La concepción operativa de grupo es entonces un método
de cambio de la realidad conforme a la máxima
materialista-dialéctica según la cual, para conocer la
realidad se requiere transformarla.